Seis meses para encontrar una gofrera...

Estábamos hartos de verlas de verdad, tanto que las ignorábamos. Un día nos comimos un gofre y pensamos: tenemos que incorporar el hacer gofres a nuestra vida.

Vivir en el campo tiene muchas ventajas, pero sin duda una de las cosas que tiene como desventaja es la disponibilidad de las cosas a tu alrededor, especialmente si hablamos de comida.

Hay mucho verde, mucha naturaleza y mucho aire limpio, pero es imposible encontrar un restaurante de lo que te apetece comer justo al lado de casa, o ese sitio de gofres que hace los mejores de la ciudad y está abierto hasta las 22:00h, o el puesto de gofres de la feria. Es difícil por aquí, así que en la mayoría de ocasiones lo único que nos queda es el DIY.

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Desde aquel gofre hemos estado sin falta buscando una gofrera en todos los sitios a los que íbamos. Queríamos una gofrera en específico, una que como he dicho antes, estábamos hartos de ver. Es para cocinar a gas, no uno de esos aparatos eléctricos que se enchufan, y por un lado es gofrera y por el otro sirve para tostar sandwiches (croque monsieur vibes…).

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Ayer por fin volvimos a encontrar una, después de más de seis meses intentando hacer que la suerte pusiera una en nuestros caminos. La compramos sin pensarlo dos veces. y obviamente, en cuanto llegamos a casa lo primero que hicimos fue limpiarla.

Como peculiaridad decir que además de bonita, el mango y la bolita superior están bañados en oro de 24 kilates. ¿Por qué? Seguramente para generar en su día un USP (unique selling proposition) para la empresa y su cafetera y diferenciarla de la competencia. La verdad es que la cafetera en sí tiene una muy buena construcción, está hecha en acero inoxidable y siente bastante robusta, no como algunas cafeteras italianas baratas que parece que se van a romper en tu mano.

Lo segundo fue hacer la masa, que no tiene ningún misterio. Calentamos la gofrera en el fuego, bien de mantequilla y echamos la primera cucharada. Cerramos y eso empezó a sonar como una olla express, el vapor salía disparado, junto a mantequilla derretida y explosiones de masa.

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Los primeros se pegaron, algo de esperar con este tipo de aparatos de metal, no tienen ningún antiadherente así que el primero que hicimos fue para sacrificarlo. Aunque pudimos salvarlo y nos los comimos. ¡Deliciosos!

Para la segunda tanda y sucesivas aprendimos la lección, un poco menos de mantequilla y menos masa. Las explosiones se detuvieron y salieron genial, se despegaron solos. Así hasta que terminamos la masa, salieron diez, que comimos con helado casero (hablaremos de esto en otro post) y otros con mucha mantequilla y maple syrup.

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Ahora los gofres forman parte de nuestra vida y podemos satisfacer nuestro antojo en cuanto nos surja.

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